I jo volia fer un reggae
Crec que això és més un vals
Antònia Font
Fue un buen amigo mío quién me habló de Berta. Yo, la verdad, no sabría muy bien cómo empezar a hablar de ella; para él su nombre iba unido a toda una sarta de halagos. Tampoco es que me sorprenda. La mayoría se los merecía. Dado que en las descripciones es un tema por el que suele haber demanda, diré que su belleza no se discutía y así podremos pasar a la parte interesante. Recibió lo que algunos suelen llamar una muy buena educación; era recatada, no insultaba ni blasfemaba. Y sí, por lo que he dicho, puede parecer sosa, neoclásica, aburrida, pero no es gran cosa lo que sabéis.
La joven y virtuosa Berta, pudiendo unirse a la masa de chicas que eran –o querían ser–, como ella, jóvenes y virtuosas decidió saltar del barco. Y saltó bien; saltó menos lejos de lo que alguno podrían pensar, pero es que la orilla estaba más cerca de la embarcación de lo que podía parecer. Era lo que se suele llamar una persona preocupada por los demás. Era más de lo que se esperaba de ella, pero hasta menos de lo que se podía esperar, porque no era poco de lo que era capaz. Era de esas personas a las que a menudo el mundo las decepciona, pero a quienes no les queda más remedio que seguir adelante.
Que evitara las palabras malsonantes –bonito eufemismo dónde los haya– no significa que no tuvieran carácter. A menudo la gente se piensa que el carácter está en un buen ¡coño! o en un ¡joder! bien colocado. Nada más lejos de la verdad. Tenía una mala hostia moderada. Suficiente para ser respetada y en su justa medida para hacerla encantadora. Era más dura de lo que parecía a simple vista pero se ruborizaba con facilidad.
Supongo que ya habréis notado que la esencia de Berta estaba en el parecer, que no en el pareser; no era simplemente, sino que sorprendía. Cada día más. Por ejemplo, le repugnaban las parejas melosas. Es cierto que ‘repugnar’ es una palabra muy fuerte; ella nunca la habría usado, pero tenía cierta aversión a los tortolitos. No es que fuera insensible, se alegraba cuando se trataba de sus amigos –era la típica persona que se alegraba siempre por sus amigos, cómo cualquier buen amigo, supongo. Lo que pasa es que, a menudo, encontraba a su alrededor un exceso de azúcar, muy mal repartido.
No le gustaba que la vida pareciera una película romántica, así que mucho menos dichas películas. En cambio era una enamorada de la poesía. Siempre recordaba un melancólico poema de Ferrater. No era de esa gente que se sabe –más que unos pocos– poemas de memoria. Sí, alguno sí, pero repugnaba también la pedantería, así que huía de ella como del demonio. En cambio sabía recordar el poema adecuado para cada momento y, a pesar de no saber recitarlos, sabía buscarlo y entregarlo a quien lo necesitara. Regalar un poema es de los gestos más bonitos, ¿no creen?
No sé mucho más sobre qué fue de Berta. De mi amigo, que estaba loco por ella, a lo mejor hablaré otro día. O no. Por aquello de mantener el decoro… Él me enseñó también que las cosas más interesantes pasan siempre entre actos, disimuladamente. Lo que sí me dijo sobre Berta es que a veces era demasiado bien hablada. A veces no lo era, y entonces –y eso lo había amargado– le costaba creérsela.
Casi una Capitu española… o seria catalana?
João, querido de titia !!!
Você bem que podia fazer como sua mãe e publicar seus textos com ‘tradução simultânea’.
Iria ADORAR !!!!!
Pense nisso.
É que, ao tentar traduzir você, pulo muitas coisas e fico sem o real entendimento das suas estórias.
Vai…diz que sim !!!!!!!!!!!!
Te amo,
Muitos bjs,