El de la veu greu, el de la mà forta,
Que paga un vermut i que arregla una porta
Manel
Marta era tan enamoradiza que a los dieciséis años ya había perdido la cuenta de sus amores. Puede parecer que un hecho como éste, precisamente en esta edad, tiene poco mérito, pero en su caso era distinto. Era, de hecho, una chica muy sensible y, como ya supondrán, porque todo esto suena de lo más usual, le hacían daño muy fácilmente. Lo que la caracterizaba era ser tan desenamoradiza como enamoradiza; es decir: tan pronto estaba loca por alguien como dejaba de quererlo. Eso le hacía daño igualmente. Ella sufría, de verdad que sí.
Sé que es difícil ponerse de parte de la rompecorazones; a mí me costó entender a Marta, pero no era más que una víctima. Vaya, víctima puede no ser la mejor palabra, y menos cuando se es víctima de uno mismo, pero les explicaré su historia. Marta sufría con sus amores efímeros; no le era fácil dejar de querer. No es que le costara hacerlo, pero le dolía. Ella estaba segura de no poder soportar tanto sufrimiento, pero era una apasionada de los sentimientos intensos y, por ello, sufría durante meses porque le habían arrebatado un chico al que ya no quería. Sí, así era Marta: intensa.
Ella no quería sufrir, eso lo tenía claro, pero tampoco quería renunciar al amor —¡jamás!— era una apasionada del amor. Intentaba solucionar su problema alejándose de aquellos que le hacían sentir algo, porque ya sabía como acababa eso, y no era nada bien. Les parecerá estúpido pero, creo que, en la cabeza de la joven Marta, nos hubiera parecido de lo más lógico. La solución la encontró en relaciones no demasiado profundas, con chicos agradables, a los que gustaba y que eran guapos; decorativos como un mueble, como un sillón de una casa de una família rica que roza lo hortera manteniendo el buen gusto. En una de ésas, buscando el tal sucedáneo, fue cuando Marta empezó a salir con Sillón. Los dos se lo pasaban bomba. Cuando ella necesitaba ternura, se sentaba en su regazo, envuelta por sus cariñosos brazos, apoyada sobre su firme pecho. Se sentía segura.
A Sillón no dejaba de sorprenderlo. Él veía que Marta no estaba por cursiladas, como otras chicas. Le encantaba; era viva, era auténtica, era pura energía. Le parecía, simplemente, una chica genial. Una chica de ensueño. Sí, Sillón, poco a poco, empezó a sentir nuevos sentimientos hacía ella, los mismos que él admiraba que ella no tuviera. Marta lo notó, por supuesto, lo notó enseguida. ¿Por qué le hacía eso su agradable Sillón? Las cosas les iban tan bien… Era todo tan cómodo… ¿Por qué le exigía más? Ella ya había dejado de hacer exigencias sentimentales a los demás; lo había dejado hacía mucho. Sí, a pesar de su juventud, algo en ella le decía que hacía mucho de eso. Ahora era ella la que las recibía. Así, la relación se fue enfriando entre Marta y Sillón: se distanciaron, ella dejó de acurrucarse entre sus brazos, ya no se sentía cómoda. A lo mejor era demasiado blando.
Un día Marta lo dejó. No podía más. Sillón quedó destrozado. No entendía nada. ¡Pero si todo era perfecto! No se explicaba lo que había pasado y ahí estaba su corazón; partido por la mitad. Sí, partido. Dirán que es una imagen demasiado repetida, pero los que la han vivido la darán por correcta. Marta también lloró, no poco, sino mucho. Quedó destrozada. No podía más. Aquello era terrible. Recordó lo que había vivido junto a Sillón, cómo eran felices juntos, cómo la completaba. Recordó también otros que vinieron antes que él. Recordó aquel amor, antes de todos los que lo siguieron, y todo lo que podría haber sido y lloró, sobretodo lloró. Si hubieran conocido a Marta entonces no hubieran podido evitar sentir pena por ella. Un buen día se dijo “¡basta estúpida, anímate!” Fue entonces cuando se fijó en Taburete; no era ni tan guapo ni tan agradable como Sillón, pero era divertido y ella no necesitaba más.