Andando de manhãzinha
Um compadre amigo meu
Se assustou da moça linda
Que passou ao lado seu
popular brasileña
No sé si conoceréis la historia de Pigmalión, el escultor. Sea como sea, por lo que sé, la Historia (o la mitografía, si nos ponemos exigentes) no conserva el nombre de su esposa. Para efectos prácticos la llamaremos Judit. Supongo que muchos objetaréis a que recurra a un nombre con ecos bíblicos y por lo tanto, una gran carga semántica. Algunos preferiríais que le dijera Audrey, como Audrey Hepburn, que la llevó a la gran pantalla. Me da igual. Me gusta el nombre y creo que es adecuado; ella no es Audrey. “Judit”, así, sin hache. También os preguntaréis porqué deseo yo explicar su historia, cuando ya lo han hecho muchos antes de mí. Os explicaré la historia de Judit porqué la historia de Judit es la historia de la ficción.
Pigmalión, por mejor que haya pasado a la historia, era todo un misógino, pero también un gran artista y, claro, a los artistas se les perdona todo. Vivía sólo, por no decir que solo vivía, pero decirlo sería injusto porque a parte, o como parte, de vivir, creaba. Ese hombrecillo solitario fue capaz de convertir un bloque de blanco mármol en la imagen de la mujer perfecta. La había creado y la amaba. No intentaré describir sus sentimientos mejor que Ovidio, os ahorraré este suplicio. El poeta ya lo dijo mejor que nadie: “Le da besos y piensa que se los devuelve, y le habla y la coge y cree que sus dedos se quedan fijos en los miembros tocados y teme que le salga una moradura al cuerpo presionado”. A Pigmalión no le importaba que Judit fuera mármol; él la había creado y la había creado real; sus sentimientos eran reales.
Afrodita, atendiendo las suplicas del bueno de Pigmalión (el amor hace bueno a cualquiera), convirtió a Judit en una mujer de carne y hueso. Si no lo hubiera hecho, su creador la hubiera querido igual. En todo caso, siendo Judit mujer, se casaron. Eran una pareja feliz, Pigmalión y su esposa recién nacida. No son pocas las veces que se ha hablado de lo mucho que él tuvo que enseñarle, pero no importaba porque, como decía otro poeta, amor omnia vincit; ¡hasta la ignorancia! Aprendieron ambos y fueron felices. Hasta podríamos llegar a suponer que comieron perdices, cosa altamente probable. A partir de aquí, como en todas las historias, ya no se cuenta nada, como si entraran en la habitación y apagaran la luz.
Esta ha sido la historia de Pigmalión y su esposa, pero claro, este relato lleva por título Judit, y no Pigmalión y su esposa. Lo que ocurre es que Judit siguió existiendo después de Pigmalión. No hablo de una Judit viuda, es un misterio cual de los dos murió el primero, sino de esa Judit en todo su esplendor. Se merece un relato, e infinitos más, porque es la mujer perfecta. Y digo “la”, no “una”, por el simple hecho de que, por más que se busque, no existe otra mujer perfecta, al igual que tampoco un hombre. Judit es la única, y es perfecta porque es inventada. Si han estudiado filosofía podrían decir que, si es perfecta, debería existir. En esto radica la perfección de Judit, existe. Si no estáis de acuerdo, preguntádselo a Pigmalión.
Judit existe y es única. Es única porque aunque alguien haga como Pigmalión, estará creando a Judit, tenga el nombre que tenga. La única. Bella y cariñosa. Por más que la hayan retratado de manera simplista, intentando entender el mundo que la rodea, Judit no puede ser una niñita tonta. Judit sabe, aunque no lo parezca. Tiene un carácter. Sale de noche y se encuentra un pintor, un escritor, un joven guitarrista torturado. Ella entra en su cabeza y se pone a dormir, hasta que un día, si tienen suerte, les da por despertarla.
El otro día me dijeron que la vieron “seule à la fênetre”. Me emocioné. La echaba de menos. La última vez que la vi fue en las páginas de una novela norteamericana. Ahí tenía siempre el mismo nombre pero distintas caras. El nombre no era Judit, pero reconocí su mirada. Como siempre, como todos los hombres de aquél libro, como todos los que han tenido la suerte de crearla o hasta los que solamente la han intuido, yo, con sentimientos más simples de los que suelen acosarme, tuve ganas de llorar. Afortunados son los que crean a Judit. Muy afortunados.